El París Saint-Germain ya no persigue la historia: forma parte de ella. El equipo dirigido por Luis Enrique conquistó este sábado su segunda Liga de Campeones consecutiva después de imponerse al Arsenal en la tanda de penaltis de una final agónica disputada en Budapest. Un triunfo que confirma la transformación del club francés en una potencia continental y que consolida al técnico asturiano entre los grandes entrenadores de su generación.
La final comenzó de la peor manera posible para el conjunto parisino. Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando Kai Havertz aprovechó un balón suelto para adelantar al Arsenal y dar alas a un equipo que volvió a exhibir la identidad que le ha acompañado durante toda la temporada: orden defensivo, disciplina táctica y una enorme capacidad para sobrevivir con ventajas mínimas.
El conjunto de Mikel Arteta convirtió el partido en el escenario que más le convenía. Replegado, compacto y dispuesto a castigar cualquier error rival, logró desesperar durante muchos minutos a un PSG que monopolizó la posesión sin encontrar espacios. Vitinha, João Neves, Fabián Ruiz y Kvaratskhelia chocaban una y otra vez contra el entramado defensivo londinense mientras David Raya apenas tenía que intervenir.
Sin embargo, el equipo de Luis Enrique nunca perdió la fe. Lejos de caer en la precipitación, continuó insistiendo hasta encontrar el premio. La recompensa llegó pasada la hora de juego, cuando una acción protagonizada por Kvaratskhelia acabó provocando un penalti que transformó Ousmane Dembélé para devolver las tablas al marcador. El empate cambió por completo el guion de la final y obligó al Arsenal a defender todavía más cerca de su portería.
A partir de ese momento, el encuentro se convirtió en una batalla de resistencia. Los problemas físicos comenzaron a aparecer en el PSG, que perdió por el camino a varias de sus principales figuras. Luis Enrique se vio obligado a recomponer el equipo sobre la marcha, modificando su estructura y recurriendo a jugadores menos habituales. Pese a ello, el conjunto francés mantuvo intacta su propuesta ofensiva y siguió buscando la victoria hasta el último instante.
La prórroga mantuvo la misma dinámica. El Arsenal esperaba una acción aislada, una falta o un córner que pudiera decidir el partido, mientras el PSG seguía llevando la iniciativa. Ninguno consiguió romper la igualdad y el campeón de Europa tuvo que decidirse desde los once metros.
En la tanda de penaltis apareció la sangre fría del conjunto parisino. Gonçalo Ramos, Désiré Doué, Achraf Hakimi y Beraldo acertaron con sus lanzamientos, mientras que los errores de Eberechi Eze y Gabriel terminaron condenando al Arsenal. El PSG se impuso por 4-3 y desató la celebración de una afición que ve cómo su equipo sigue ampliando una era dorada.
La victoria supone la segunda Champions consecutiva para el club francés y la tercera en la carrera de Luis Enrique como entrenador. Más allá del título, el encuentro volvió a reflejar la personalidad de un equipo que no renuncia a atacar ni siquiera en los momentos más difíciles. Una identidad que terminó imponiéndose al pragmatismo del Arsenal y que permitió al PSG escribir una nueva página en la historia del fútbol europeo.


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